Performance
En el contexto de Tampico, Tamaulipas, “Teatro para el fin del mundo” es un festival que trabaja en ruinas, edificios abandonados e infraestructuras marcadas por la violencia y el desgaste, y una de sus sedes fue el astillero Donetsk, un borde portuario de metal oxidado, concreto e historia petrolera donde la economía precarizada y la amenaza se vuelven paisaje; intervenir ahí significa llevar teatro justo a ese límite donde la ciudad prefiere no mirar, pero lo paradójico es que, en la acción de la que hablo, casi nadie de Tampico estuvo presente y el público fue sobre todo gente del propio festival (artistas, invitadxs, personas del mismo circuito),¿para quién estamos haciendo esto?, ¿qué sentido tiene arriesgar el cuerpo en un espacio de trabajo y violencia si la comunidad que lo habita cotidianamente no está realmente implicada?, ¿el arte que se nombra “situado” y “local” está de verdad vinculado al territorio o funciona más como un dispositivo pensado para nosotros mismos, personas ajenas al lugar? En un tiempo en que casi todo se registra y circula en redes, ¿no termina pareciendo que muchas de estas acciones existen sobre todo para ser fotografiadas, narradas y publicadas después, más que para afectar realmente al lugar y a las personas que lo habitan?

Llego al astillero Donetsk con el cuerpo lleno de agua antes de tocar el mar. Camino sobre el cemento agrietado, mido con los ojos la distancia entre el borde y el agua como tanteando la profundidad de una decisión. Llevo llorando todo el día en silencio, sin entender del todo el ejercicio, ni el marco, ni el festival; entiendo, en cambio, algo más primitivo: llevo meses queriendo aventarme de algún lugar, un puente, un barranco, unas escaleras, de las vías del tren, es un llamado al vacío. Me dejo caer sin elegancia, torpemente, vulgar, como cuando te caes de la bicicleta, o por desequilibrio . Dejo que la gravedad haga su trabajo y permito que mi cuerpo la acepte mientras caigo. Lo desgastante aparece en ese gesto, en la imagen poco fotogénica de un cuerpo perdiendo el control frente a testigos que pertenecen al mismo pequeño circuito que me contiene y me mira. Mientras espero el momento de lanzarme, recuerdo todas las caídas que no me permití: querer llamar a un director al que admiro y no marcar, querer irme a vivir a otro país y quedarme, desear a alguien con el cuerpo entero y no decir nada, sostener un secreto que me lastima y elegir el silencio por miedo a que me juzguen, a que no me ayuden, a que me dejen de querer. Acumulo bordes, orillas, casi-decisiones. Esta noche todos esos “casi” se amontonan en mi garganta mientras miro hacia abajo. Y cuando por fin me dejo caer, no salta solo mi cuerpo: cae también una forma vieja de sostenerme siempre del barandal. Tampico sigue su vida. Casi nadie de ese lugar está aquí para verlo. Somos, otra vez, lxs mismo de siempre: artistas, invitadxs, gente del circuito que sabe nombrar estas cosas con palabras largas. Sé que la acción existe más para este grupo mínimo, para las posibles fotos, para el texto que 4 años después escribo, que para la gente que habita el puerto todos los días. Me pregunto si el riesgo no se vuelve también una mercancía delicada que nos intercambiamos entre nosotros: mírame arriesgando, mírame lanzándome. De todos modos siento que algo en mí se rompe y se recoloca, que lo que para la ciudad es casi nada, para mi historia es una fractura. Salgo del agua con cansancio, con sal en la piel, con un llanto que ya no sé si es miedo, alivio o duelo. Percibo que algo viejo en mi se desprende: una lealtad antigua a no hacer, a quedarme siempre a punto de…
Caer por que si, por perder el control.






