Performance
“Moby Dick o la ballena blanca” es una performance duracional de 24 horas dirigido por Maricel Álvarez y Emilio García Wehbi. A partir de una residencia con 18 artistas locales e internacionales, la pieza recorre la historia del barco ballenero de Melville y la persecución obsesiva hacia Moby Dick, en escena se despliegan los altibajos del viaje y la locura vengativa del capitán que arrastra a la tripulación hacia un suspension de tiempo en el mar. Más que una simple adaptación, la obra se construye como experiencia extrema compartida: durante 24 horas abiertas al público, intérpretes y espectadores atraviesan juntos un proceso intenso donde el cansancio, la repetición y el tiempo prolongado vuelven palpable la vida como un viaje lleno de pruebas, aprendizajes y desvíos. En ese borde entre arte y existencia, la performance se propone como laboratorio de subjetividad: un entrenamiento de la mirada y del cuerpo para pensar cómo el arte, la duración y la convivencia con otros pueden intervenir en la construcción de un sujeto más libre y soberano.
«Vamos a leer Moby Dick, de Herman Melville, en dos partes de doce horas cada una. Vamos a leer y vamos a hacer. No sabemos lo que vaya a suceder. Por suerte, nadie lo puede prever. Las cosas pueden ir en cualquier dirección. Por suerte. Haremos una performance, no una obra de teatro. En un espacio en el que se hace teatro, haremos otra cosa. Quién sabe. Pero no una obra de teatro. Haremos una performance, justamente porque, a diferencia del teatro, no sabemos lo que va a suceder. La performance se inscribe en el futuro: es impredecible. El teatro finge un tiempo presente, pero su raíz (el ensayo) se afirma en el pasado: es predecible. La performance es pura presentación, y sus rizomas se ramifican en el futuro. Mientras el teatro es la supresión o a lo sumo la representación de la utopía, la performance es su recuperación, ya que se inscribe en el porvenir. Vamos a decirlo. El teatro es algo autoritario: sabe más que el público, y por lo tanto, puede manejarlo, dominarlo, manipularlo. El performer, en cambio, no sabe nada. Está realmente solo, desnudo, casi como un náufrago aferrado a un ataúd que flota… Podríamos llamarlo Ismael.La performance es horizontal: obra y público están en igualdad de condiciones y tienen la misma información: salen desde el aquí y ahora, y llegan (si es que lo hacen) juntos al punto final del viaje. Un viaje en un mismo barco… Podríamos llamarlo Pequod…»
Maricel Álvarez y Emilio García Wehbi, 2021 de agosto de 2022
Comencé este proceso desde un lugar poco claro, con una brújula que no sabía bien hacia dónde apuntaba. Venía de estudiar actuación en Casa del Teatro, muy atravesada por una formación ligada al realismo y a la escuela de Luis de Tavira. Durante mucho tiempo no supe si lo que quería era figurar y ponerme en escena, o atravesar mis propias esferas personales para ponerlas a disposición de la escena. O quizá solo ser una buena ejecutante.
Pero en mi vida esas esferas nunca estuvieron separadas.
Con el tiempo empecé a pensar que ficción y realidad hacen simbiosis.
Afortunadamente encontré el performance.
Viajo a Guadalajara para encontrarme con alguien de Argentina. Pienso en el viaje como una forma de mutación: cambiar de territorio para cambiar de forma. Llego a la residencia con la necesidad de ser una gran actriz, una gran ejecutante, alguien propositiva, brillante, memorable. Llego sin una idea clara de qué hacer y sin un texto al cual aferrarme. Intento sacar ideas de un libro que apenas comienzo a releer en el camión.
Y entonces aparece Emilio.Yo había escuchado hablar de él en clases de teatro. Lo imaginaba lejano, perteneciente a otro lugar. Encontrármelo enfrente, compartir, crear y aprender junto a él me produce una ilusión muy difícil de nombrar. Llegan artistas de Guadalajara, Ciudad de México, Colombia, Rumania, Argentina. Y conozco a Maricel Álvarez, una mujer que se vuelve parteaguas en mi práctica artística. Amo escucharla hablar. Su ternura, su forma de pensar la escena, al performer, su mirar.
Hacemos círculos para lanzar ideas, para articular el performance.
Y yo sigo queriendo sobresalir. Tal vez desde el ego. Desde el vacío primitivo que pide ser llenado.Tal vez desde la necesidad de sentir que merezco estar ahí. Constantemente necesito recordarme que no estoy en escena para demostrar algo. ¿Cómo disponerme para algo que todavía no sé qué es ni qué va a pasar? Me da ansiedad.
Me toca leer en escena. No sé por qué me ofrecí. Tartamudeo cuando estoy nerviosa y ya estaba profundamente nerviosa. Durante el performance, entre el deber ser y mis propios tartamudeos, me rindo.
Cocino en escena. Lloro en escena. Me equivoco en escena. Me enojo en escena. Aunque ni siquiera sé si eso era realmente una escena.
Me leen las cartas.
Me hacen un té.
Me hacen un masaje.
La carne aparece como significado de la ballena.
Una mujer desnuda camina entre nosotros.
Y entonces me pregunto:
¿qué está ocurriendo?
Después de esa experiencia ya no pude dejar de pensar qué significa estar en escena. Qué significa la presencia. Qué busco realmente del hecho escénico.
¿Quiero hacer cine?
¿Quiero hacer televisión?
¿Quiero hacer teatro?
O quizá no sé qué quiero.
A veces pienso que todo es impostado. Entonces comienzo a buscar algo que se sienta real. Aunque después me pregunto qué significa realmente vivir una experiencia real. La presencia me resultan difícil. La presencia es tan simple.
Hablábamos del tiempo, del cansancio, de ser vistos mientras todo eso sucede. De saber que estamos solos, pero acompañados.
Y quizá eso era la pieza:
permanecer ahí mientras algo nos atraviesa.
Dirección: Maricel Álvarez y Emilio García Wehbi













